De los peligros de perder la sombra #storytelling

Hacía tiempo que no escribía una entrada (aunque tengo decenas de anotaciones pendientes de comentaros) y me he esforzado en buscar un hueco para escribir una. El motivo fue que este fin de semana pude leer «La maravillosa historia de Peter Schlemihl».

Recuerdo que mi madre me comentaba de pequeño sobre la existencia de un cuento que trataba acerca de una persona que había vendido su sombra. Aunque lo busqué durante años, nunca había podido localizar ni la obra ni a su autor. Imaginaos mi alegría cuando me encontré este libro de José J. de Olañeta, Editoren el que se recoge el cuentecito. Fue toda una delicia leerlo, pues es tan bueno como dicen.

En lo tocante al storytelling me ha enseñado un par de cosas que os paso a comentar. Aviso que hay SPOILER.

Una

En este cuento, un anciano que obra prodigios le ofrece al protagonista comprarle su sombra a cambio de la bolsa de Fortunato, una bolsa de cuero que da monedas de oro eternamente. El protagonista accede. Más tarde, arrepentido de su decisión, pretende deshacer el trato con el anciano, pero éste solo le devolverá su sombra si a cambio le da su alma. Ya vemos por dónde van los tiros…

Lección de storytelling: engancha indirectamente a tu cliente. No le compres su alma directamente, dale algo que le seduzca y a lo que voluntariamente acceda. Cuando ya no pueda librarse de ti, entonces arrebátale su alma.

Ejemplo: la dependencia de la informática y, en general, de las cosas que no lo ponen todo fácil (¿os imagináis vivir sin lavadora, agua corriente o sin móvil?).

Dos

La segunda lección que aprendí se puede resumir en un ejemplo.

  • storytelling: «Con estas botas caminarás 7 leguas».
  • usuario: «Con estas botas daré pasos de 7 leguas».
  • realidad: A las 7 leguas hay que comprarse unas botas nuevas porque ya están desgastadas.

Lección de storytelling: aprovecha los sesgos de los clientes. Si el cliente interpreta el mensaje de una forma que te favorece, no lo impidas. Las personas necesitamos soñar.

Ejemplocreerse que poseer un coche de alta gama le da más estatus a un ser humano frente al resto. Si estudiamos este argumento con frialdad, no parece demasiado fundamentado, ¿no?

Y poco más que contaros hoy. Esto es una muestra más del valor tan apabullante que siguen teniendo los cuentos.

¿Por qué tenemos puente en los pies?

Hoy recordé un viejo cuento que jamás he vuelto a localizar. Creo que era armenio.

El caso es que, haciendo un juego de palabras con un amigo, le dije «en esa empresa son unos bichos. Sé de qué pie cojean, como el diablo, que es cojo desde que lo expulsaron del paraíso». A raíz de eso, vino a mi memoria un cuento muy bonito que os contaré en un momento. Eso sí, va a ser a mi modo, pues, insisto, no he vuelto a localizarlo:


«Hace mucho tiempo, más allá de lo que recuerda la memoria del más viejo abuelo del humano más anciano, todos los seres vivían en el Paraíso en plena armonía. Allí, disfrutaban de la eterna visión de Dios.

Sin embargo, uno de ellos no era feliz. Su nombre era Luzbel, excelente entre los excelentes y favorito del Divino. Luzbel amaba tanto la presencia de su Señor que quería sentirla más intensamente, pues nunca estaba plenamente satisfecho. Poco a poco, este amor desbordado comenzó a tener trazas de celos. ¿Por qué Dios no le regalaba a él más presencia que al resto de los ángeles? ¿Por qué él no era su favorito? ¿Por qué le privaba de más y más visión de su divinidad?

Créditos: «La caída de Luzbel», museo del Prado.

Lo que empezó siendo un atisbo de duda acabó por convertirse en un rencoroso despecho. Un día especialmente doloroso, Luzbel congregó a otros ángeles y les dijo: «Dios no nos quiere tanto como nosotros lo amamos a él. Nos priva de darnos más visión de su divino rostro. Nos limita nuestro deseo de amor. ¡Rebelémonos!». En tan solo un momento (si es que en el Cielo hay tiempo), hordas de ángeles enfurecidos se alzaron contra su Creador en un encarnizado combate.

El arcángel S. Miguel encabezó la expulsión de los rebelados del Paraíso. Poco a poco los ángeles rebeldes fueron cayendo uno a uno del Cielo, castigados por su soberbia. Finalmente solo quedaba Luzbel, luchando con denuedo en el Acantilado del fin de la Felicidad. Tras eones (o segundos, quizá) de combate, Luzbel fue arrojado por el acantilado. Pero en su caída, enfurecido y ciego de dolor, lanzó un último zarpazo a S. Miguel, arrancándole un trozo de la planta del pie. Mientras caía, Luzbel, conocido ahora como Lucifer, agarraba con fuerza su trofeo arrebatado y reía.

San Miguel, apenado, volvió hasta Dios. «Señor», le dijo, «he combatido ferozmente contra los rebeldes para serviros. Pero fijaos… en su caída, Luzbel me produjo esta horrible deformidad. ¿Qué puedo hacer para enmendarlo?». El Ser Supremo lo observó y, en su eterna sabiduría, sentenció: «Voy a crear un nuevo ser, cuasi divino, al que llamaré humano. Este ser humano tendrá tu deformidad en ambos pies y no solo en uno. De este modo recordarán lo que hiciste por vencer el mal».

Y por ese motivo, desde entonces, los seres humanos tenemos puente en los pies, lo que nos hace ser, apenas, algo más imperfectos que los mismísimos arcángeles.


Lo he escrito así, a vuelapluma, pero podría adornarse más. Creo que es suficiente para ayudarnos a meditar sobre lo que son los cuentos, los celos y los puentes en la planta de nuestros pies. Este cuentecito, de hecho, explica muchas cosas.

Desde entonces admiro a la gente con los pies planos. Creo que su porcentaje de divinidad es mayor que en el resto…