¿Por qué tenemos puente en los pies?

Hoy recordé un viejo cuento que jamás he vuelto a localizar. Creo que era armenio.

El caso es que, haciendo un juego de palabras con un amigo, le dije «en esa empresa son unos bichos. Sé de qué pie cojean, como el diablo, que es cojo desde que lo expulsaron del paraíso». A raíz de eso, vino a mi memoria un cuento muy bonito que os contaré en un momento. Eso sí, va a ser a mi modo, pues, insisto, no he vuelto a localizarlo:


«Hace mucho tiempo, más allá de lo que recuerda la memoria del más viejo abuelo del humano más anciano, todos los seres vivían en el Paraíso en plena armonía. Allí, disfrutaban de la eterna visión de Dios.

Sin embargo, uno de ellos no era feliz. Su nombre era Luzbel, excelente entre los excelentes y favorito del Divino. Luzbel amaba tanto la presencia de su Señor que quería sentirla más intensamente, pues nunca estaba plenamente satisfecho. Poco a poco, este amor desbordado comenzó a tener trazas de celos. ¿Por qué Dios no le regalaba a él más presencia que al resto de los ángeles? ¿Por qué él no era su favorito? ¿Por qué le privaba de más y más visión de su divinidad?

Créditos: «La caída de Luzbel», museo del Prado.

Lo que empezó siendo un atisbo de duda acabó por convertirse en un rencoroso despecho. Un día especialmente doloroso, Luzbel congregó a otros ángeles y les dijo: «Dios no nos quiere tanto como nosotros lo amamos a él. Nos priva de darnos más visión de su divino rostro. Nos limita nuestro deseo de amor. ¡Rebelémonos!». En tan solo un momento (si es que en el Cielo hay tiempo), hordas de ángeles enfurecidos se alzaron contra su Creador en un encarnizado combate.

El arcángel S. Miguel encabezó la expulsión de los rebelados del Paraíso. Poco a poco los ángeles rebeldes fueron cayendo uno a uno del Cielo, castigados por su soberbia. Finalmente solo quedaba Luzbel, luchando con denuedo en el Acantilado del fin de la Felicidad. Tras eones (o segundos, quizá) de combate, Luzbel fue arrojado por el acantilado. Pero en su caída, enfurecido y ciego de dolor, lanzó un último zarpazo a S. Miguel, arrancándole un trozo de la planta del pie. Mientras caía, Luzbel, conocido ahora como Lucifer, agarraba con fuerza su trofeo arrebatado y reía.

San Miguel, apenado, volvió hasta Dios. «Señor», le dijo, «he combatido ferozmente contra los rebeldes para serviros. Pero fijaos… en su caída, Luzbel me produjo esta horrible deformidad. ¿Qué puedo hacer para enmendarlo?». El Ser Supremo lo observó y, en su eterna sabiduría, sentenció: «Voy a crear un nuevo ser, cuasi divino, al que llamaré humano. Este ser humano tendrá tu deformidad en ambos pies y no solo en uno. De este modo recordarán lo que hiciste por vencer el mal».

Y por ese motivo, desde entonces, los seres humanos tenemos puente en los pies, lo que nos hace ser, apenas, algo más imperfectos que los mismísimos arcángeles.


Lo he escrito así, a vuelapluma, pero podría adornarse más. Creo que es suficiente para ayudarnos a meditar sobre lo que son los cuentos, los celos y los puentes en la planta de nuestros pies. Este cuentecito, de hecho, explica muchas cosas.

Desde entonces admiro a la gente con los pies planos. Creo que su porcentaje de divinidad es mayor que en el resto…